"El sembrador salió a sembrar." Jesús es de esta tierra laboriosa donde estamos. Observó a los campesinos sembrar en una tierra desigual, vio al hombre confiado bajo el sol de Dios, vio al sembrador generoso y optimista. En tierras más o menos favorables, vio el corazón del hombre. "El sembrador salió de la casa." A través de la belleza del gesto, observamos el corazón, la generosidad, la prodigalidad del sembrador. ¿Quién es? Habla a la muchedumbre desde la barca de Pedro que no dejará... Revela en una sinfonía de imágenes la asombrosa riqueza del reino que instaura.

 
     
Da la palabra al mundo como una semilla. El sembrador pródigo está seguro de su semilla lanzada en plena tierra: será enterrada para morir; germinará y dará fruto. Y como el sembrador tiene confianza en su tierra y espera el agua del cielo, Jesús vio la confianza del hombre en Dios y la confianza de Dios en el hombre.


«El sembrador salió.» Cruzó la distancia que separa el cielo de la tierra, y como la lámpara sirve para iluminar, la Palabra sirve para sembrar el corazón del hombre y fertilizar su vida. Esta Palabra es divina; llegada de Dios y devuelta a Dios, enterrada en el mantillo humano, se propone a los límites del mundo para dar fruto.

En cada generación, la semilla de la Palabra de Dios se propone como buena noticia para el hombre y para la humanidad, humilde y fraternal, respetuosa de toda libertad, portadora de vida y de fecundidad. Atravesó los siglos por medio de la voz de la Iglesia y el testimonio de los Santos.

Ninguna tierra rechaza ni desanima esta semilla. Transmitida en otro tiempo por los profetas, anclada en el pasado, el presente de nuestra historia en progreso. Cumplirá su misión: lleva en ella su fuerza vital de transformación del mundo. Dios confía en sus obras, en su creación, bella y buena, confía también en su tierra como en cada uno nosotros, de los que nunca desespera, él que puede transformar el desierto en tierra fértil y el corazón de piedra en corazón de carne. Ya que esta semilla está viva, fertilizada por el Espíritu y a través de ella el Espíritu de Dios se une al espíritu del hombre como la semilla a la tierra.

La parábola es la de la paciencia de Dios, su esperanza, el respeto de nuestros plazos, nuestros rechazos, nuestras dispersiones, nuestras malezas, también de nuestras conversiones. El éxito de Dios es desigual. Se somete a nuestras condiciones de recepción. Debemos oír y, habiendo oído, escuchar y comprender. Y la semilla acogida dará fruto, tanto de día como de noche.

Pero el corazón del hombre también es un campo abierto, sembrado de otras semillas nocivas, pérfidas. Los obstáculos son interiores, en la propia tierra, y son numerosos: riqueza, vanagloria, superficialidad, pasiones. También son exteriores: el adversario no deja de trabajar; la persecución se desencadena debido a la Palabra. Recibir la divina semilla es una decisión personal y hacer que fructifique, llevar su fruto de verdad, justicia y amor, es una lucha diaria. Es necesario contenerse para perseverar; así se podrá contener a los violentos y se necesitará la fuerza de los mártires. Ya que si el reino es reino de paz y fraternidad, también es reino de justicia y verdad.


Esta semilla debe crecer hasta la cosecha del divino segador en un constante y a veces duro progreso hacia la madurez.
 
   



El hombre de corazón debilitado, compartido, dispersado, sofocado de múltiples influencias o injerencias sólo podrá producir 20, 30 o 50 de las 100 que el sembrador esperaba...

 

Y ésta es la cuestión que se nos plantea a cada uno nosotros en la confianza que el Señor deposita en nosotros, la llamada que nos envía y la misión que nos confía: qué tierra puedo ofrecerte, Señor, para no decepcionarte y poder ofrecerte hermosos frutos, como lo hizo Abel el justo. Pero habiendo recibido de ti a la vez la tierra que soy y la semilla que repartes, podré volver a dar gracias por todo y a darte mi reconocimiento con el salmo que Jesús rezó seguramente en su familia y con su pueblo: "Tú cuidas de la tierra, la riegas y la enriqueces sin medida" (Sl 64) del agua corriente de tu palabra, la colmas de riquezas, preparas las cosechas y vivimos en la abundancia de los beneficios de Dios que no podremos conservar para nosotros mismos, sino ofrecer a la vez como fruto de nuestra caridad, de nuestra alegría y del brillo de nuestra esperanza.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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